Vistas a la página totales

lunes, 10 de julio de 2017

La oración que debería hacer todo el que sirve en la Iglesia.

Por: Padre Sam.

Coros, lectores, ministros, Delegados de la Palabra, catequistas, acólitos, MFC,  liturgia, diáconos, sacerdotes… etc., son muchos los que prestan su servicio en el altar, y se puede caer en la tentación de, precisamente por tratarse de un servicio a la vista de todos, querer sobresalir, y no hacerlo en vistas a Dios, sino para quedar bien con la gente. Por eso, estas “letanías de la humildad” son una excelente propuesta para todo aquél que presta un servicio en la Iglesia.

Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón parecido al tuyo.

(Después de cada frase decir: Líbrame, Señor)

Del deseo de ser alabado,
del deseo de ser honrado,
del deseo de ser aplaudido,
del deseo de ser preferido a otros,
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aceptado,
del temor a ser humillado,
del temor a ser despreciado,
del temor a ser reprendido,
del temor a ser calumniado,
del temor a ser olvidado,
del temor a ser ridiculizado,
del temor a ser injuriado,
del temor a ser rechazado,
(Antes de cada frase decir: Concédeme, Señor, el deseo de…)
que otros sean más amados que yo,
que otros sean más estimados que yo,
que otros crezcan susciten mejor opinión de la gente y yo disminuya,
que otros sean alabados y de mí no se haga caso,
que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,
que otros sean preferidos a mí en todo,
que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
De ser desconocido y pobre, Señor, me alegraré,
De estar desprovisto de perfecciones naturales de cuerpo y de espíritu.
… que no se piense en mí,
que se me ocupe en los empleos más bajos,
que ni se dignen usarme,
que no se me pida mi opinión,
que se me deje el último lugar,
que no me hagan cumplidos,
que me reprueben a tiempo y a destiempo,
bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia,
porque suyo es el Reino de los Cielos.

Oración:
Dios mío, no soy más que polvo y ceniza. Reprime los movimientos de orgullo que se elevan en mi alma. Enséñame a despreciarme a mí mismo, Vos que resistís a los soberbios y que dais vuestra gracia a los humildes. Por Jesús, manso y humilde de Corazón. Amén.

Estas letanías las escribió el cardenal Rafael Merry del Val, quien fue Secretario de Estado de san Pío X de 1903 a 1914, y son una excelente oración para hacer antes de prestar un servicio en el altar, para que todo lo que hagamos lo hagamos para honra y gloria de Dios.






“Yo declaro, yo decreto…”. ¿Es correcto ese tipo de oración? | Sacerdote explica.


Por: Pbro. Edgardo Rodríguez.

En ciertos círculos cristianos fuera de la Iglesia Católica, e incluso en algunos grupos cristianos católicos, parece estar de moda un tipo de “oración” en la que, con la finalidad de obtener beneficios sobre todo materiales o curación de enfermedades, las personas “declaran” o “decretan” ya sea prosperidad material, obtención de algún trabajo, curación, etc. para ellos mismos, para sus seres queridos o para otras personas que les piden orar por ellos. Conviene preguntarnos: ¿es correcto ese tipo de oración? ¿Se apega o no, a lo que Jesús nos enseña en el Evangelio?

Primero que todo, recordemos que Jesús sobresale en los Evangelios como un hombre de oración. Frecuentemente, los evangelistas nos lo presentan orando, y San Lucas resalta más que los demás, esta actitud del Maestro. Toda la vida de Jesús se enmarca en su experiencia de la oración. Jesús ora cuando va a tomar una decisión importante, como en la elección de los doce apóstoles (Lc. 6, 12-16); se retira frecuentemente a orar (Lc. 5, 16); aconseja a sus discípulos acerca de la necesidad de orar siempre y en todo momento (Lc. 18, 1). Jesús enseña a los suyos a orar (Lc. 11,1) y les invita a no imitar la actitud soberbia de los fariseos sino a dirigirse a Dios con humildad (Mt. 6,5-8).

Y es que la oración del Maestro no es soberbia ni pretenciosa: es ante todo humilde, y es un signo de reconocimiento de la grandeza de su Dios y Padre, que es también nuestro Dios y Padre (Jn. 20, 17). Es impactante observar cómo el Hijo de Dios, siendo Dios él también, acude a su Padre con esta humildad y reconoce que necesita estar en esa íntima comunión de vida y amor con su Padre.

Por otra parte, Jesús invita también a los suyos a la confianza: “pidan y recibirán” (Mt 7,7-8). Pero esta confianza no debe estar reñida con la actitud de humildad que Jesús recomienda a los suyos y que identifica su propia oración; pues por sobre todo está el someterse a la voluntad del Padre. En el momento de su máxima agonía el Señor repite incesantemente estas palabras: “Padre, si es posible aparta de mi este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39 y también en los versículos 42 y 44).

Entonces, si nos detenemos a comparar el estilo de oración de Jesús, que Él recomendó a los suyos, con la actitud de aquellos que siguiendo modas ajenas a nuestra fe “declaran” o “decretan” ya sea beneficios materiales o espirituales, prosperidad, curación, etc., nos damos cuenta que están muy alejados de lo que Jesús enseñó a los suyos con su mismo ejemplo de humildad y sometimiento a la voluntad de su Padre.

Ni Jesús ni la Iglesia nunca nos han enseñado a declarar y/o decretar. Es más, la Iglesia en sus oraciones litúrgicas se dirige al Señor en actitud de súplica, tal como lo observamos en las oraciones de la celebración de la Santa Misa, los Sacramentos y la Liturgia de las Horas.

Por otra parte, algunos también en sus oraciones utilizan las frases “yo ato” o “yo desato”, según ellos haciendo uso de la autoridad que el Señor otorgó a su Iglesia de “atar y desatar” (Mt. 16, 19). Esta autoridad la otorgó el Señor a Pedro, y la ejerce válidamente el Santo Padre, sucesor de Pedro, y el colegio de los Obispos, en comunión con el Santo Padre. Y los fieles en humildad y en la obediencia de la fe, nos sometemos a la autoridad de aquellos que nos presiden y apacientan, como el pastor a su rebaño.

Finalizamos entonces, afirmando que no es correcta la oración en la que se pretende declarar, decretar, atar o desatar. Es más, creo que ni siquiera puede llamarse oración. No confundamos la confianza a la que nos invita el Maestro con la pretensión o la soberbia de creernos todopoderosos.

sábado, 8 de julio de 2017

Dos riesgos al utilizar la frase “y me confieso por todos los pecados olvidados”



Por: Padre Sam

En ciertos lugares, muchos fieles tienen la costumbre de, al terminar de confesar sus pecados, añadir “y me acuso de todos los pecados olvidados”. Esto es algo que hay que alabar, siempre y cuando se haga bien. Sin embargo, hoy quiero mencionarte dos riesgos de esta “práctica”.
  1. No hacer bien el examen de conciencia
Uno de los 5 pasos para hacer una buena confesión es haber hecho bien el examen de conciencia, esto es, examinar bien en qué le hemos fallado a Dios. Por lo tanto, si has hecho bien el examen de conciencia, pero al momento de confesar, algún pecado se te olvidó, está bien añadir dicha frase. Ahora bien, si esa frase (“me acuso de todos los pecados olvidados”) es sólo para justificar de no haber preparado la confesión, sería un grave error. El primer riesgo entonces es que nos lleve a una pereza espiritual, de no preparar bien la confesión.

2. Vergüenza de los pecados

Otro riesgo de utilizar dicha frase sería el hecho de tener algún pecado que me da pena que el sacerdote lo escuche, y por lo tanto prefiero omitirlo con la frase “y me acuso de todos los pecados olvidados”. Nunca debemos olvidar que la confesión es “quedar “mal” con el sacerdote para quedar “bien” con Dios“, y no al revés. Entonces, si “para quedar bien” con el sacerdote decido omitir voluntariamente un pecado, esa confesión sería inválida.

En síntesis, no hay problema en utilizar dicha frase si te has examinado y esforzado en preparar la confesión, pero por diversos motivos al momento de confesarte se te olvida algún pecado. Sin embargo, sería un grave error que por no preparar la confesión o por pena al sacerdote que me confiesa decida emplear “y me acuso de todos los pecados olvidados”.

Dios te bendiga.

Padre Sam.

viernes, 7 de julio de 2017

¿Cómo me dirijo a un sacerdote, obispo, cardenal o Papa? Te sorprenderá.

Por: Padre Sam.

Como sacerdote, me encuentro a diario con muchísimas personas, además, con la evangelización a través de las redes sociales, esos encuentros crecen de manera exponencial. Y me he dado cuenta de que muchas veces batallamos en las palabras a utilizar cuando me debo dirigir a un sacerdote, a un Obispo, un Cardenal o un Papa.

¿Sabías que para cada uno de ellos existe una palabra propia? Sí, en unos casos hay una palabra propia para dirigirse a esa persona, y en otros, varias palabras, por eso es saludable conocer dicho lenguaje, no vaya ser que “metamos la pata” (nos equivoquemos) utilizando una palabra que no sea la adecuada. Veamos…

En el caso del Papa, hay muchos nombres que lo definen, por ejemplo: Santo Padre, Papa, Pontífice, Sucesor de Pedro, Romano Pontífice, etc, pero esos son nombres “en tercera persona”, es decir, para utilizarlos cuando se menciona en un artículo, noticia o lo que sea. En caso que fueras a dirigirte personalmente a él (saludarlo, correspondencia), la palabra propia que se utiliza es “su Santidad”. En el caso presente, sería “su Santidad, Papa Francisco…”.

Luego, siguiendo la jerarquía eclesiástica, sigue el caso de un cardenal. También tiene varias palabras que lo definen: príncipes de la Iglesia, cardenal, purpurado, nombres a utilizar en tercera persona. Al momento de dirigirse a uno de ellos, la palabra propia a utilizar será “su Eminencia”.

Ya casos más cercanos son los Obispos, que son los que están a cargo de una Diócesis (un territorio determinado), y que son los responsables de llevar adelante el cuidado pastoral de su área. Al momento de dirigirse a un Obispo, la palabra adecuada es “su Excelencia”. Es bastante común confundir “su Excelencia” con “su Eminencia”, pero ahora ya tenemos claro que la primera es para un Obispo, y la segunda para un cardenal.

El caso del sacerdote es quizás el más familiar, pues todos tenemos la posibilidad de ver, saludar o hablar con un sacerdote. Hay muchos nombres que se refieren a sacerdote: padre, cura, párroco, vicario, cada uno de ellos hay que saber utilizarlos en la situación adecuada. Lo más natural (y apropiado) para dirigirse a un sacerdote es “padre”. En algunas regiones, cura lo toman como despectivo, mientras que sacerdote es el nombre original (de sacerdos en latín), pero al momento de llamar o hablarle, puede ser a través de su nombre o de “padre”.

Ninguno de ellos se enojará o te reclamará porque uses otros calificativos al dirigirte a ellos, pero ya sabiendo el lenguaje correcto, lo mejor será que utilicemos la palabra apropiada en cada caso particular.

– Padre Sam